Cuando el pueblo
camina, él los espera durmiendo, soñando, alucinando colores ebrios, con los
ojos hacia el cerebro, la barba manchada, la saliva escapa tibia de su boca que
tiene el olor de otra noche perdida en las esquinas, buscando almas con dinero
para un par de tragos más. Sus ropas como harapos apenas lo cubren del frío que
trae la brisa marina, pero ya no importa, su cuerpo se ha convertido en una
piedra roja, burbujeante en la locura del Vino, es solo un recipiente para un
espíritu que pelea por no ahogarse en las aguas rojizas que cada vez suben más
y más, no quiere el espíritu llegar a la cima, no quiere rebalsarse a la nada,
y caer, caer desorientado, desesperado.
El hambre con la que se duerme es la misma
que lo despierta, afirmándose de piedras, postes, árboles, lo que sea que lo
ayude, se levanta, sacude los harapos y comienza su camino.
A la vuelta de la calle donde acostumbra dormir, vive una anciana que suele darle de comer, al llegar ahí nuevamente, lo esperaba con un poco de pan, jugo y alguna fruta o lo que encuentre en su humilde cocina. El cuerpo de piedra toma asiento en la acera y comienza a alimentarse de la gratitud de aquella mujer, ella lo mira y en su rostro se posa toda la bondad que puede recorrer estas calles, lo mira como si su amor lo hubiese engendrado, como si lo hubiese visto correr, caerse y levantarse una y otra vez, su corazón se llena del amor que nunca pudo otorgar. La piedra termina su merienda y se dirige hacia la anciana con gratitud, se observan por unos segundos; él ve en ella todo lo que le falta, todo lo que nunca tuvo, pero que aún así siente que perdió, ella toma sus manos cálidamente y lo bendice en nombre de su fe. Se le desquebraja el alma, pero su cuerpo carbonizado lo pide, lo necesita, y con su Todo hecho pedazos, la piedra, partida a la mitad, le pide unas monedas para seguir su camino, para volver al día siguiente, entonces, perdido, destrozado, toma rumbo hacia su locura, quiere ahogar al espíritu, pero este sigue luchando por nadar, cada brazada vacía un poco más el recipiente, pero cada sorbo es una pelea más por combatir, y así, eternamente, se ve a sí mismo el espíritu, luchando por reclamar la vida como suya, y rescatar al cuerpo petrificado, a la piedra roja.
A la vuelta de la calle donde acostumbra dormir, vive una anciana que suele darle de comer, al llegar ahí nuevamente, lo esperaba con un poco de pan, jugo y alguna fruta o lo que encuentre en su humilde cocina. El cuerpo de piedra toma asiento en la acera y comienza a alimentarse de la gratitud de aquella mujer, ella lo mira y en su rostro se posa toda la bondad que puede recorrer estas calles, lo mira como si su amor lo hubiese engendrado, como si lo hubiese visto correr, caerse y levantarse una y otra vez, su corazón se llena del amor que nunca pudo otorgar. La piedra termina su merienda y se dirige hacia la anciana con gratitud, se observan por unos segundos; él ve en ella todo lo que le falta, todo lo que nunca tuvo, pero que aún así siente que perdió, ella toma sus manos cálidamente y lo bendice en nombre de su fe. Se le desquebraja el alma, pero su cuerpo carbonizado lo pide, lo necesita, y con su Todo hecho pedazos, la piedra, partida a la mitad, le pide unas monedas para seguir su camino, para volver al día siguiente, entonces, perdido, destrozado, toma rumbo hacia su locura, quiere ahogar al espíritu, pero este sigue luchando por nadar, cada brazada vacía un poco más el recipiente, pero cada sorbo es una pelea más por combatir, y así, eternamente, se ve a sí mismo el espíritu, luchando por reclamar la vida como suya, y rescatar al cuerpo petrificado, a la piedra roja.
Hoy es solo gritos en cada esquina, cada día
se encuentra profetizando su libertad en una lengua superior al entendimiento
racional. Vive en oscuridad, en su esquina, en su aturdida sabiduría entiende
cada aspecto de su existencia, cada saber del universo yace en su lengua
remojada en locura, pero no lo escuchan, no lo toman en cuenta, porque las
esquinas asustan, son impredecibles, y para él, la esquina es su escenario, es
su momento, pero a esa hora nadie escucha, todos son oídos sordos, esperando a
que el Sol los envíe a su lugar, a cumplir su día, y mientras ellos están ahí,
queriendo pagar su vida, él los espera durmiendo, soñando, alucinando colores
ebrios, con los ojos hacia el cerebro, porque ya gritó el saber de su alma,
porque la posee, los gritos de los diurnos son muy débiles, pues su alma muere
mientras intentan pagarla, el espíritu de la piedra roja quema, burbujeante en
la esquina, esperando a que la suerte pase a saludar y le brinde un poco de
locura, para que el recipiente se rebalse.
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