miércoles, 13 de noviembre de 2013

No alimentes a los cuervos

La pradera es hermosa, árboles detrás, montañas aún más atrás, un horizonte eterno enfrente y un espejo de mi mismo tamaño a la derecha, lo miro con detenimiento; un hermoso marco con un moldeado hecho a mano pero ya gastado, como si el tiempo transcurriera solo sobre él, levita ahora frente a mí, pero no hay nada en él, solo una cristalina oscuridad. Me acerco lentamente y lo toco con un dedo, y de pronto escucho el aturdidor grito de una parvada, me acerco más y veo cientos de aves aleteando estrepitosamente, me hago hacia atrás y salen disparados desde el espejo más cuervos de los que puedo contar, son hermosos, oscuros como una noche que jamás vi, con penetrantes ojos rojos que me hipnotizan. Estoy parado, atónito, vuelan a mí alrededor, como si me conocieran desde siempre, no puedo explicar porqué, pero yo siento lo mismo. De repente todos cesan su vuelo y se posan a mi lado, tranquilos, caminando de aquí para allá, como haciendo vida social. Levanto la mirada y me quedo frente al espejo con los ojos abiertos de par en par, ya no está vacío, en vez de oscuridad, en vez de mi reflejo, parado ahí, ahí dentro, un anciano, doblado por la edad, cabello un poco largo y ya blanco, brazos atrás, de semblante triste, sus arrugas son rastros de batallas perdidas, bajo su barba también pintada entre gris y blanco, yacen sus labios resecos, lo puedo mirar directo a los ojos sin alzar ni agachar la cabeza, miro a esos ojos, que a pesar de todo permanecen brillantes, se siente que se esfuerza por mantenerlos abiertos, como si combatieran con algo en su interior, algo que no tiene que salir. No deja de mirar hacia abajo, como si hubiese hecho algo malo. Me atrevo a hablarle, le pregunto su nombre, alza sus ojos y me mira, no puedo entender porqué no puedo moverme. Le pregunto si se encuentra bien, mueve la mirada, ve a las aves a mi lado, las observa y me mira nuevamente, trae sus manos hacia adelante, están muy gastadas y heridas, se las ve como recordando años de dolor, lo observo callado, y de pronto, de lo profundo de su garganta escucho salir una lastimada y lúgubre voz que me dice, apenas sonando, “No alimentes a los cuervos”, solo eso, y calla. Miro a los cuervos, están allí como si nada, alguno que otro me mira casi extrañado. Veo al anciano nuevamente, entrelaza sus manos como si sintiese frío. - ¿Por qué no puedo alimentarlos?- le pregunté confundido, a la vez, uno de los cuervos se me acerca emitiendo cualquiera que sea el sonido que hace un cuervo, de todos modos era extraño, pero de alguna manera lo entendía. Comencé a sentir un poco de hambre, no recuerdo la última vez que comí algo, miro hacia los árboles y bajo uno de ellos veo una manzana, camino hacia ella obviando al anciano y las aves, al tomarla, veo que ya está avejentada, el mismo cuervo se me acerca nuevamente y me queda mirando, sin dudarlo se la ofrezco, este la devora rápidamente, casi antes de que yo la suelte, al terminar se queda congelado por un segundo, y de pronto comienza a aletear fuertemente, y sale volando por sobre los demás, dando círculo tras círculo sobre el lugar donde me encontraba junto a mis extraños acompañantes, de la nada, todos los cuervos se alborotan y entre gritos y sacudidas se echan a volar junto a su compañero, el sonido es ensordecedor, intento calmarlo tapando mis oídos, pero es inútil, no entiendo nada de lo que está pasando, me acerco rápidamente al anciano en busca de una respuesta. Desesperado. -¡¿Qué está pasando?!- Vuelve a poner sus manos atrás pacientemente en medio de todo este caos. Vuelvo preguntar - ¿Puede decirme que es lo que pasa? ¡Por favor!  Por primera vez lo veo sonreír, aunque apenas, y con un toque de sarcasmo y aún muy calmado me contesta  – Viví mi vida acrecentando mi dolor con dolor, mi rabia con más rabia, y ahora estoy aquí, suplicando salir de este reflejo de mi vida, encerrado con mis aflicciones que revolotean a mi alrededor, recordándome cada error cometido, cada paso mal dado, cada lagrima creada en un rostro ajeno. Alimenté mis penurias como a mi vida, y ahora, me veo nuevamente, calcando mis errores. Encontraste tu reflejo y no supiste ver, ni menos escuchar, ya estás carcomido por tu propio dolor, ahora te dejo, llegarás a este reflejo y podrás arrepentirte en algún momento, encerrado en este espejo viéndote caer en el caos de los cuervos de tu mente-.
Al terminar de hablar, el anciano desaparece completamente en la penumbra de ese espejo sin fondo ni retorno. Me quedó como estatua frente a él, inerte, mi cuerpo no me responde, trato de hacer algo, gritar, correr, pestañear, huir de alguna manera de este lugar, estoy esforzándome en estos inútiles intentos cuando los cuervos bajan del aire rápidamente, y antes de siquiera darme cuenta comienzan a abalanzarse contra mí, picotean, rasgan, arañan y dejan sangrar mi vida frente a mí, puedo verlos devorarme sin sentir nada, no siento mi cuerpo, no siento ese dolor, pero comienzo a llorar y de nuevo puedo gritar, atormentado por estas aves de carroña que me devoran cual festín, de un momento a otro pestañeo, entonces puedo ver a los cuervos tragarse los restos de algo que yace en el suelo, ese hermoso suelo lleno de un pasto verde teñido ahora de rojo, rodeado de grandes árboles y montañas por doquier, es hermoso. Cuando me percaté de mi encierro, de mi eternidad, pude sentir el sabor de aquella manzana podrida que fue y será el único alimento en mi vida, en mi reflejo. Cuando las aves dejan de comer, se abalanzan contra el espejo y antes de sentirlas otra vez, desaparezco en la cristalina oscuridad.




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