miércoles, 13 de noviembre de 2013

Encuentro

   Rara vez logro llegar a apreciar la belleza de la monotonía, ese día no pude, no encontraba nada fantástico en estar sentado en la plaza tocando guitarra solo, como todos los días, ni en el hecho de estar escribiendo palabras al aire, como todos los días, solo las aves lucían hermosas, hermosas y fugases, como el pestañeo en el cual las pierdo. Lo extraño era la sensación de inquietud en el aire, como si en cualquier momento me plantaban una bala en la frente. De pronto, Bum! El balazo. Levanto la vista y  sentí que me estaban acribillando en el lugar, no sabía quién era, y no me importaba, estaba hundiéndome en esos ojos pardos.
  Trataba de disimular el hecho de que estaba como imbécil mirándola, tocando guitarra suavemente, improvisando letras para ella en mi cabeza. No sé si era su pelo largo, su boca que me tentaba a pecar, sus manos finas, sus piernas largas, o el hecho de que no sabía siquiera de mi existencia, no sé que era, pero algo me ataba a ella, y me encantaba.
Pasaban los minutos y de pronto su teléfono comienza a sonar, la miro de reojo para analizar sus reacciones, una pequeña maña personal que acarreo a todas partes, se le notaba confundida en un principio, pero su rostro vacío durante los siguientes 3 minutos fue lo que me descolocó, trataba de defender una causa que hasta ella sabía que no tenía sentido, cierra los ojos en señal de que no hay nada más que hacer y guarda con decepción el ahora inútil aparato. Miraba hacia todas partes mientras yo esperaba que ocurriese una explosión nuclear tras de mí, para que así sus ojos me rodearan aunque sea. Pero de pronto, sin explicación ni nada, se me queda mirando fijamente, observa mi guitarra y sonríe…
Yo me desvanecí lentamente.
-          ¿Conoces alguna canción de amor? -Dijo ella
Yo quedé estúpido, tardé en responder
-          Depende, ¿para curar?, ¿para olvidar?
-          Para comenzar a creer- me contestó, como si no hubiera esperanza
-          Estoy en eso- respondí
Ella sonreía como si una maldita ironía le hubiese escupido en la cara.
Se me acercó y se sentó a mi lado
-          Todos necesitamos un día para escupirle al mundo- dije yo - Me parece que tu turno es hoy –
Tratando de hacerla quedarse un poco más para que su aroma a miel no se saliera de mi cabeza.
-          Sí, creo que tienes razón – Sonrío - ¿Has estado enamorado? –
-          No… – Mentira. - ¿y tú?
-          Creía que si –
-          ¿Creías? –
-          No te das cuenta si amas o no, hasta que todo termina y comienzas a entender que en realidad no sabes nada del amor.
-          La gente dice que sirve de enseñanza o algo así – comente yo -Por mi parte, no creo que el amor sea algo en lo que hay que creer, él tiene que creer en nosotros, pero seguimos defraudándolo –
-          Eso es interesante – analizó - ¿Alguna frase para definirlo?
Silencio.
-          El amor no apesta-contesté – es la gente la que se está pudriendo-.
Estuvimos así durante toda la tarde, las palabras simplemente volaban de aquí para allá. El hecho de que los focos del parque se encendieran, era señal de que la felicidad espontanea debía terminar. Nos pusimos de pie para despedirnos, direcciones totalmente opuestas me alejarían de ella. Solo necesitaba un detalle antes de irme, un regalo.
-          Disculpa mi falta de respeto – dije casi avergonzado – Nunca me presenté, me llamo Gabriel.
Ella sonrió suavemente y así envolvió mi regalo
-          Fue un gusto Gabriel, me llamo Sofía –
¡Listo! Podía marcharme con la esperanza de volver a verla. Sofía, hermoso, la amaría de cualquier forma que se llame, que me diga “Me llamo Brígida Atanasia del Rubilar” no afectaría mi paz. La amaría aunque no tuviese nombre…

Después de todo eso, me levanté para ir a trabajar, 06:34 am. Me vestí, me despedí de la Ale, que dormía al lado mío y me fui sin desayunar.
Quedé de juntarme con Sofía a la misma hora mañana, a eso de las 01:30 am, que es más o menos la hora en que me duermo.


No odio mi vida, odio no vivir en mis sueños.

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