La
muerte camina como doncella esta noche, un diamante podrido con tacones altos.
Labios flameantes envuelven la sonrisa que detiene a los autos, esa sonrisa que cierra el trato. Con caminar seguro se acerca, echando humo a diestra y siniestra, el suertudo baja la ventanilla y sus manos ya están sudando, al ver el escote encerrando las suaves colinas de nieve el motor se apaga. Balbucea el suertudo al ver esos ojos, el diamante sonríe. Trato hecho. Vayámonos lejos de aquí, donde la conciencia no conozca las calles. Inyectamos cianuro a la verdad, y escapamos cerrando los ojos. Que sea rápido, debo contar un par de cuentos de cuna y discutir con mi eterna decisión, que yace junto a mí cada noche en la cama más fría y enorme en la que haya posado mi alma culpable. Falsa.
Trágate el fuego – Eso te costará más – Ponle precio a mi vergüenza.
Rasgando el diamante, manchándolo en sudor. Parece un perro rabioso con espuma en la boca. La muerte disfruta de sus propios encantos, hace pensar al suertudo que tiene el control, pues ese es su trabajo, pero no puede estar más equivocado; El diamante reina, se hace de otra conciencia, y la guarda consigo, Sucia, casi inconscientemente avergonzada.
Las colinas salivadas, la chimenea ultrajada. ¡La madre de la vida arde humeante!
Dejen que se vaya, dejen que disfrute, de todos modos, él es el que está pagando por entregar su culpa. Al terminar, las palabras se buscan a sí mismas, incómodas, pero a Ella no le importa, cumplió su parte del trato. Dame lo que me pertenece así puedo largarme de aquí.
Las sombras recorren al diamante, no puede evitar, en su fineza, estar roto. Con cada trabajo siente en su interior una grieta, cada vez más grande, se abre paso entre sus cristales y le duele, ¡como duele el ardor de la pasión pasajera! Se hace dueña de lo que odia. Cada consciencia ajena es un peso más sobre la suya. La noche es su hábitat, pero al mismo tiempo, esta la posee, se llena de gritos, luces, bocinas, que intentan escapar como sales cristalinas desde sus lagos, sus profundos y apagados lagos llenos de pesar.
Labios flameantes envuelven la sonrisa que detiene a los autos, esa sonrisa que cierra el trato. Con caminar seguro se acerca, echando humo a diestra y siniestra, el suertudo baja la ventanilla y sus manos ya están sudando, al ver el escote encerrando las suaves colinas de nieve el motor se apaga. Balbucea el suertudo al ver esos ojos, el diamante sonríe. Trato hecho. Vayámonos lejos de aquí, donde la conciencia no conozca las calles. Inyectamos cianuro a la verdad, y escapamos cerrando los ojos. Que sea rápido, debo contar un par de cuentos de cuna y discutir con mi eterna decisión, que yace junto a mí cada noche en la cama más fría y enorme en la que haya posado mi alma culpable. Falsa.
Trágate el fuego – Eso te costará más – Ponle precio a mi vergüenza.
Rasgando el diamante, manchándolo en sudor. Parece un perro rabioso con espuma en la boca. La muerte disfruta de sus propios encantos, hace pensar al suertudo que tiene el control, pues ese es su trabajo, pero no puede estar más equivocado; El diamante reina, se hace de otra conciencia, y la guarda consigo, Sucia, casi inconscientemente avergonzada.
Las colinas salivadas, la chimenea ultrajada. ¡La madre de la vida arde humeante!
Dejen que se vaya, dejen que disfrute, de todos modos, él es el que está pagando por entregar su culpa. Al terminar, las palabras se buscan a sí mismas, incómodas, pero a Ella no le importa, cumplió su parte del trato. Dame lo que me pertenece así puedo largarme de aquí.
Las sombras recorren al diamante, no puede evitar, en su fineza, estar roto. Con cada trabajo siente en su interior una grieta, cada vez más grande, se abre paso entre sus cristales y le duele, ¡como duele el ardor de la pasión pasajera! Se hace dueña de lo que odia. Cada consciencia ajena es un peso más sobre la suya. La noche es su hábitat, pero al mismo tiempo, esta la posee, se llena de gritos, luces, bocinas, que intentan escapar como sales cristalinas desde sus lagos, sus profundos y apagados lagos llenos de pesar.
La
pasión paga por una cama en donde hundirse. Se asfixia en sueños rotos, se
odia, pero su alma nació con la pasión ardiéndole desde adentro, eso es lo que
es, y como cada noche, cierra los ojos aceptándose, cierra los ojos y olvida
por un momento, solo para encontrarse al día siguiente en el mismo lugar, y
discutir de nuevo con sus cristales rotos.
Es un diamante podrido, es la muerte de la conciencia, cuando el fuego la recorre, su alma disfruta libre, siendo todo lo que pudo ser, pero cuando la pasión acaba, cuando el trabajo acaba, vuelve a convertirse en grietas, se hunde hacía su más mínima expresión. Es hija de la culpa. Diosa del fuego. Es todo lo que carga consigo, todo esto en pequeños cristales rotos que perdieron su brillo hace tantas noches como la verdad perdió su valor en las conciencias que recorren las calles nocturnas. La doncella es un carbón en bruto, y así se quema a sí misma, así se pudre.
Es un diamante podrido, es la muerte de la conciencia, cuando el fuego la recorre, su alma disfruta libre, siendo todo lo que pudo ser, pero cuando la pasión acaba, cuando el trabajo acaba, vuelve a convertirse en grietas, se hunde hacía su más mínima expresión. Es hija de la culpa. Diosa del fuego. Es todo lo que carga consigo, todo esto en pequeños cristales rotos que perdieron su brillo hace tantas noches como la verdad perdió su valor en las conciencias que recorren las calles nocturnas. La doncella es un carbón en bruto, y así se quema a sí misma, así se pudre.
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